El papa León XIV visita África
Ángel de la O leyó en el New York Times una noticia que lo desequilibró y puso fúrico a su perro negro: se descubrió la identidad de Bansky, el padre de los artistas callejeros del mundo. Para los no iniciados, el perro negro es como Winston Churchill llamaba a sus ataques depresivos. Ángel presume que el suyo es más grande, más astuto y más feroz que el del famoso inglés que le puso un detente al cabo austriaco.
Ángel, es un grafitero frustrado que solo pudo garabatear los baños del Instituto Cultural de Occidente en Mazatlán. Me pidió ceder el espacio de esta entrega de Juego de ojos para reflexionar sobre el infausto episodio. Así que son suyas las líneas que siguen. Vale.
Hay un momento, casi infantil, en el que uno descubre que el truco tenía truco. Y sin embargo, lo verdaderamente inquietante no es el engaño, sino que, aun sabiendo cómo se hace, el asombro no desaparece del todo.
Eso está pasando con Banksy.
Durante años, su obra vivió en una paradoja fértil: cuanto menos sabíamos de él, más decía. Su anonimato no era un accidente, era parte de la pieza. No era solo el muro intervenido, el esténcil irónico, la niña del globo o el soldado cacheando a una menor. Era también la ausencia de firma, el vacío como identidad, el autor convertido en rumor.
Ahora, la maquinaria periodística ha vuelto a hacer lo que mejor sabe hacer: poner nombre donde había mito. Reuters apunta a Robin Cunningham, con derivaciones que incluso lo vinculan a un tal David Jones. El expediente incluye arrestos, viajes, asociaciones verificables. La biografía, ese género tranquilizador, empieza a imponerse.
Y entonces surge la pregunta incómoda: ¿se rompe la obra cuando aparece el autor?
Algunos reaccionan como si les hubieran arruinado la infancia. “Es como explicar un truco de magia”, dice un artista en Instagram. Tiene razón. Pero también se equivoca. Porque el verdadero truco de Banksy nunca fue desaparecer, sino lograr que su desaparición se volviera visible.
Ahí está el punto.
Banksy entendió algo que muchos creadores olvidan: la identidad puede ser una distracción. En una época obsesionada con la firma, con la marca personal, con el yo como mercancía, él eligió borrarse. No para desaparecer, sino para amplificarse. Mientras otros gritaban “mírenme”, él susurraba “miren esto”.
Y ese gesto lo emparenta con una larga tradición de sombras fértiles.
Ahí está Fernando Pessoa, que no solo ocultó su identidad, sino que la multiplicó en heterónimos. No era uno, era muchos, y en esa dispersión construyó una de las obras más sólidas del siglo XX.
Ahí está Elena Ferrante, que decidió que su literatura debía caminar sola, sin la interferencia del rostro, del cuerpo, del dato biográfico. Sus novelas se leen sin la tentación del chisme.
Ahí está el subcomandante Marcos, que convirtió el pasamontañas en una forma de escritura política: el anonimato como máscara colectiva, como declaración de que el sujeto es el movimiento, no el individuo.
Y más atrás, mucho más atrás, los autores de los corridos, de los cantares, de las historias que sobreviven sin firma porque pertenecen a todos.
La obra sin autor visible no es una carencia, es una estrategia.
Por eso resulta, en el fondo, irrelevante si Banksy se llama Robin, David o cualquier otro nombre. Su potencia nunca estuvo en el misterio como secreto, sino en el misterio como dispositivo. El anonimato no era un enigma por resolver, sino una condición de lectura.
Nombrarlo es, en cierto sentido, domesticarlo.
Pero hay algo que los cazadores de identidades suelen olvidar: una vez que la obra está en el mundo, ya no le pertenece a quien la hizo. Pertenece a quien la mira, a quien la interpreta, a quien la discute. Pertenece al espacio público que la vuelve viva.
Los murales en Belén, en Londres o en Ucrania no pierden filo porque sepamos quién sostuvo el aerosol. Siguen siendo, como bien apunta un galerista, testimonios de injusticia, de opresión, de desigualdad.
El sistema puede ponerle nombre al fantasma, pero no puede domesticar lo que el fantasma dijo.
Quizá, en el fondo, Banksy ya había previsto este momento. Tal vez el desenmascaramiento es parte de la obra, otra capa de ironía, otro gesto de sabotaje. Después de todo, en su lógica, toda publicidad es útil si incomoda.
O quizá no. Quizá simplemente ocurrió lo inevitable: alguien siguió el rastro.
Pero incluso así, el núcleo permanece intacto.
Porque el verdadero Banksy nunca fue una persona. Fue una pregunta lanzada en un muro: ¿qué pasa cuando el arte deja de pedir permiso?
Y esa pregunta, por fortuna, no tiene nombre.
Palabra de Ángel de la O.




