Para contar
Atentado y propaganda; 4 de 9 vidas; ¿y la oreja?; y faltan
Aunque de nueva cuenta sale a relucir el tema de los tiroteos, interrelacionado con la Segunda Enmienda que permite la propiedad de todo tipo de armas por la ciudadanía, el problema en Estados Unidos es mucho mayor: la violencia a balazos es expresión de una cultura imperial de la violencia.
En un momento delicado en el que un presidente enarbola con agresividad la acción militar violenta contra otras naciones y amenaza con desaparecer civilizaciones enteras como argumentación militarista que tiene efectos en la mentalidad de los ciudadanos, el cuarto intento de atentado contra el presidente Donald Trump debe tener una lectura más profunda y analítica, incluso más allá de lo que revela la inteligencia artificial en cuanto a las vidas de un gato: “un gato tiene nueve vidas. Durante tres juega, durante tres se extravía y durante las últimas tres se queda".
Trump ha regresado —quiérase o no— a la cultura expansionista violenta del siglo 19, cuando no valían razones y la estructura jurídica que le había sorprendido al vizconde de Tocqueville estaba al servicio de la decisión de los presidentes de entonces para aplastar, vía el asesinato, a millones de indígenas que tenían la propiedad natural de la tierra donde pastaban los búfalos; comprar sin rubor territorios a países que sabían que tenían que vender o serían expropiados por la fuerza de las armas, y fabricar guerras contra los mexicanos para quitarles la mitad de su territorio.
Trump ha estado metiendo a Estados Unidos en guerras expansionistas que disputan no solamente territorios ni tampoco nada más recursos naturales, sino que forman parte de una fase de conquista territorial. Trump le declaró la guerra sin pasar por su Congreso a Irán, ha bombardeado impunemente zonas civiles y se ha aliado al expansionismo territorial judío —que no israelí— de Netanyahu para que los intereses de los políticos de la Casa Blanca pongan bases militares en zonas que habían estado bajo la influencia de Irán e Irak.
La última amenaza que lanzó Trump en dos ocasiones ha sido analizada con frialdad como una argumentación de estado de guerra, pero no puede evitarse la interpretación que tiene la comunidad internacional de las dos advertencias de Trump —se supone que nucleares— para desaparecer a la civilización iraní de casi cien millones de personas, porque dijo desaparecer del mapa lo mismo a iraníes bélicos que a civiles inocentes que serían víctimas de las advertencias del Olimpo washingtoniano.
No es difícil tratar de interpretar el sentimiento del ciudadano estadounidense medio que favorece a Trump o que se opone a tanta violencia de guerras fabricadas por expansionismos geopolíticos; en este sentido, se puede subrayar que el problema en Estados Unidos no es la Segunda Enmienda, que permite la existencia en la actualidad de más de 400 millones de armas de fuego en manos de una población total de 330 millones de personas.
El problema está en la mentalidad colonial del siglo 19, que ha regresado al uso de la fuerza para conquistar territorios y personas; y aquí hay que incluir el último anuncio del presidente Trump de no solo reforzar el derecho estadounidense a la pena de muerte, sino de regresar justamente a una de las formas en las que se aplicaba esa pena: el pelotón de fusilamiento. Con cierto prurito de sensibilidad, las aplicaciones de la pena de muerte ya no pasan por el fusilamiento, el ahorcamiento, la cámara de gas o la decapitación, sino que se aplica la muerte legal por inyección letal. En términos estrictos, Trump quiere regresar al fusilamiento en modo militar.
La noche del sábado hubo mucho desajuste informativo hasta que se aclararon las circunstancias: un hombre armado quiso entrar a la cena de corresponsales en el hotel Hilton; hubo disparos externos del agresor y fue atrapado con vida. Muy a su estilo de torpeza discursiva, que reitera ideas para fijarlas en el inconsciente social colectivo, Trump se presentó como víctima, dijo que era respuesta de los sectores conservadores a su política de recuperación de la hegemonía estadounidense y catapultó el suceso para anunciar que seguiría el acoso bélico contra los adversarios.
A algunos observadores no se les escapó un detalle que se reactivó con el incidente del sábado 25: el intento de asesinato del candidato Donald Trump en Pensilvania en 2024, en el que apareció herido en una oreja y sangrando; pero al revisar de cerca el rostro de Trump, ninguna de sus orejas muestra rastros de que en algún momento haya sido rozada por una bala o por una esquirla que lo hiciera sangrar copiosamente.
En Estados Unidos se ha fortalecido la tesis pericial de que no hay asesinos solitarios, sino que los delincuentes que acuden a la violencia son la expresión social de estados de ánimo que usan la violencia individual, replicada de la violencia institucional o gubernamental, para obtener objetivos sociales, de repudio al establishment y de uso de la violencia para cambiar la correlación de fuerzas social.
Estados Unidos padece el virus de la violencia; no hay vacuna contra esta enfermedad.
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Política para dummies: Completando a Clausewitz, las guerras y los balazos “son la continuación de la política por otros medios".
@carlosramirezh




