Descarta alcalde de NY ley de control en protestas cerca de escuelas
MANHATTAN, Nueva York, EU, 24 de abril de 2026.- En pleno corazón de Manhattan, el artista y escultor Willie Cole convirtió este viernes la Flatiron Plaza en un espacio de reflexión colectiva, donde el arte y la conciencia ambiental se entrelazaron en una instalación pública construida con dos mil 500 botellas plásticas donadas por neoyorquinos. La obra, un candelabro de gran escala, no solo brilló bajo el sol, sino que también iluminó el problema del consumo desmedido en una ciudad que produce toneladas de desechos cada día.
Para Cole, el punto de partida es claro: “pienso en mí mismo como alguien que le da vida a objetos descartados”. Su filosofía se basa en la reencarnación de lo cotidiano, una idea que toma forma en este candelabro que, según explica, se inspira en cómo las botellas reflejan la luz como si fueran cristales.
Más allá de lo visual, su intención es pedagógica: mostrar la abundancia de residuos y el potencial de reutilizarlos.
El artista, cuya obra forma parte de colecciones permanentes del Metropolitan Museum of Art y el Museum of Modern Art, insiste en que el arte puede ser una herramienta de transformación social.
“Al exponer al público materiales descartados convertidos en arte, se educa sobre el desperdicio y se abre la posibilidad de reutilizar”, afirma.
En este sentido, el candelabro no es solo una escultura, sino un dispositivo de conciencia.

La instalación cobra aún más fuerza al considerar su escala simbólica: las dos mil 500 botellas utilizadas representan menos de cuatro segundos del plástico que se desecha diariamente en Estados Unidos. Lo que tomó horas construir en la plaza podría desaparecer casi instantáneamente en la cadena de consumo. Esa brecha entre esfuerzo y desperdicio es precisamente lo que Cole busca evidenciar.
La colaboración con Rothy’s refuerza este mensaje. Zoe Richards, directora de comunicación de la marca, explicó que el proyecto refleja su filosofía de transformar materiales reciclados en productos funcionales y estéticos.
“El plástico no pertenece a los vertederos; puede convertirse en algo hermoso con creatividad”, señaló, y destacó que la pieza es un símbolo tangible de esa visión.
Además de su dimensión artística, la obra fue concebida como un ejercicio colectivo. Durante toda la jornada, cientos de personas se acercaron a donar sus botellas y colocarlas en la estructura diseñada por Cole. El artista solo creó el armazón; el resto fue ensamblado por el público, convirtiendo la escultura en una manifestación directa de participación ciudadana.
Entre los participantes estuvo Nuha, una joven neoyorquina de 22 años, quien describió la experiencia como esperanzadora. Tras ver un reloj cercano que marca el tiempo hacia una posible crisis ambiental, la instalación le ofreció un contraste.
“Allí sientes preocupación, pero aquí ves que hay algo que se puede hacer”, comentó. Su testimonio resume el impacto emocional del proyecto.

Cole también subraya una dimensión más profunda en su trabajo: la necesidad de proteger la mente frente a la sobrecarga de estímulos y mensajes. Según él, su obra busca activar facultades humanas como la percepción, la intuición y la memoria, invitando a las personas a cuestionar lo que consumen y cómo viven.
La instalación, realizada en colaboración con HOPE Hydration, incluyó además una estación de recarga de agua para promover el uso de botellas reutilizables. Esta acción complementó el mensaje central: reducir la dependencia del plástico de un solo uso.
Construido por la ciudad y para la ciudad, el proyecto de Willie Cole demuestra que incluso los objetos más desechados pueden adquirir un nuevo significado cuando se miran desde otra perspectiva.




