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TRENTON, Nueva Jersey, EU, 27 de marzo de 2026.- Hay momentos en que dos historias culturales, que parecen distintas, en realidad se tocan. El caso de la Colección Gelman y el del Museo Dolores Olmedo vuelven a encontrarse en un mismo punto: la defensa de un patrimonio que no debería desprenderse de su lugar, de su memoria ni de la mirada de su gente.
Este martes 25 de marzo, en la Mañanera, se le preguntó directamente a la presidenta Claudia Sheinbaum por el destino de la Colección Gelman. Ella respondió que había leído el tema en los medios y que pediría a los responsables revisar el caso. Horas después, el INBAL difundió un boletín para fijar su postura: afirmó que la colección sigue siendo privada, que las obras monumento artístico están registradas y supervisadas, y que cualquier salida del país sería solo temporal, con la promesa de su regreso. La declaración fue breve por la mañana y más amplia por la tarde, pero el fondo sigue abierto. Cuando un asunto como este entra en la conversación pública y llega hasta ese nivel, algo empieza a moverse. No es una solución, desde luego, pero sí una señal. Y en materia cultural, a veces una señal a tiempo puede abrir una posibilidad real.
La Colección Gelman no necesita adornos para explicar su importancia. Es uno de los acervos privados más valiosos del arte mexicano del siglo 20. Las obras que hoy pueden verse en el Museo de Arte Moderno no son solo piezas de gran valor estético; son también fragmentos de nuestra historia visual. En ellas está una parte de México: su dolor, su imaginación, su fuerza, su rostro más íntimo. Ahí están Frida, Rivera y otros nombres que no pertenecen solamente al mercado o al coleccionismo, sino a la memoria cultural del país.
Por eso la preocupación que se ha expresado en columnas, notas y conversaciones dentro de la comunidad artística no es exagerada. Es una preocupación natural. México conoce demasiado bien el riesgo de mirar su patrimonio desde lejos. La ley puede acompañar, pero no basta por sí sola. Hace falta voluntad política, claridad institucional y también una sociedad atenta, capaz de recordar que estas obras no son un asunto decorativo. Son parte de lo que somos.
Y ahí aparece, con toda su fuerza, el espejo de Xochimilco.
Lo que ha ocurrido con el Museo Dolores Olmedo deja una lección profunda. Durante meses hubo inquietud, dudas, temores fundados sobre el futuro de ese acervo. Se temía que la colección se desplazara, que perdiera su vínculo con el sitio al que Dolores Olmedo le dio sentido. Pero la insistencia de vecinos, promotores culturales, especialistas y sociedad civil logró sostener una idea que parecía elemental, aunque a veces haya que pelearla: que esa colección debía quedarse en Xochimilco, como lo quiso Dolores Olmedo.
Eso tiene un peso moral y cultural enorme. Porque una colección no solo son obras reunidas bajo un mismo techo. También es un contexto, una raíz, una atmósfera. Dolores Olmedo entendió que el arte no vive aislado del territorio. Su museo no era solamente un recinto; era una extensión del paisaje cultural de Xochimilco, de su historia y de su identidad. Defender esa permanencia fue defender algo más hondo que la propiedad de unas piezas: fue defender una voluntad cultural.
Por eso hoy, al escuchar que la presidenta ha tomado nota del caso Gelman, uno quisiera pensar que todavía hay esperanza. Que aún no todo está decidido. Que la historia reciente puede enseñarnos algo. Si la sociedad civil fue capaz de dar la batalla por el legado de Dolores Olmedo y de impedir que se rompiera ese vínculo con Xochimilco, entonces también puede seguir alzando la voz por la Colección Gelman. Todavía no tendría que darse por perdida. Todavía puede protegerse. Todavía puede quedarse aquí.
Pero el boletín del INBAL, en su intento de dar carpetazo, deja precisamente la herida abierta. Dice que la salida sería temporal y que las obras volverán conforme avance su itinerancia. El problema es que una temporalidad sin plazo cierto puede ser una forma burocrática de la ausencia. Diez años, veinte, treinta o cien años también pueden llamarse temporalidad. Y dejar desprotegida así una parte esencial del patrimonio es, en los hechos, empezar a perderla.
Retomo la pregunta del periodista Salvador Camarena: Presidenta Claudia Sheinbaum Pardo, ¿permitirá que en su sexenio se vaya de México para siempre uno de los tesoros más importantes del siglo XX? Ojalá que no. Porque lo que se defendió en Xochimilco no fue solo un museo. Se defendió una idea de país. Y si esa batalla pudo ganarse, entonces la de los Gelman todavía merece darse hasta el final, antes de que un regreso prometido se convierta, con los años, en una despedida.




