Desdramatizar la política
La reciente participación de Claudia Sheinbaum en la Convención Nacional Bancaria vuelve a colocar en el centro del debate una tensión estructural de la economía mexicana: la relación entre estabilidad macroeconómica y justicia social.
Durante décadas, México ha sido reconocido por su disciplina fiscal y por la solidez de su sistema financiero. No es menor el hecho de contar con una banca bien capitalizada, con niveles adecuados de liquidez y con una regulación que ha evitado crisis sistémicas recientes. Sin embargo, esa estabilidad ha convivido —de manera incómoda— con profundas desigualdades sociales y una limitada inclusión financiera.
El planteamiento presidencial retoma un punto esencial: el crecimiento económico no puede ser un fin en sí mismo. La estabilidad macroeconómica, si no se traduce en bienestar tangible, corre el riesgo de convertirse en un indicador vacío, útil para los mercados pero insuficiente para la vida cotidiana de millones de personas.
Aquí aparece el primer gran desafío: la inclusión financiera. En México, amplios sectores de la población siguen excluidos del acceso al crédito, al ahorro formal y a los instrumentos básicos del sistema financiero. Esta exclusión no es sólo un problema técnico; es, en esencia, una forma de desigualdad estructural. Sin acceso al financiamiento, las posibilidades de emprender, invertir o incluso enfrentar contingencias se reducen drásticamente.
Pero la inclusión financiera no puede entenderse únicamente como la ampliación de cuentas bancarias. El verdadero reto es democratizar el crédito. Y en este punto, la crítica es inevitable: la banca mexicana ha sido históricamente conservadora, con tasas elevadas y criterios restrictivos que limitan su impacto en el desarrollo productivo.
El discurso oficial apunta correctamente hacia el fortalecimiento del crédito para las pequeñas y medianas empresas. Las PyMEs no sólo generan la mayor parte del empleo en el país, sino que representan el tejido económico real de México. Sin embargo, sin acceso a financiamiento accesible y oportuno, su crecimiento se ve sistemáticamente limitado.
A esto se suma una coyuntura excepcional: el fenómeno del nearshoring. La relocalización de cadenas productivas hacia México abre una ventana histórica para el desarrollo industrial y regional. Pero esa oportunidad no se materializará automáticamente. Requiere inversión estratégica, infraestructura y, sobre todo, financiamiento.
Es aquí donde la banca está llamada a redefinir su papel. No basta con ser un actor sólido; debe ser un actor comprometido con el desarrollo nacional. La intermediación financiera debe orientarse, con mayor decisión, hacia proyectos productivos que generen valor agregado y empleo.
Otro de los ejes relevantes del discurso es la digitalización del sistema financiero. Sin duda, las tecnologías financieras representan una oportunidad para ampliar el acceso y reducir costos. Sin embargo, también plantean riesgos: exclusión digital, concentración de mercado y desafíos regulatorios. La innovación, por sí sola, no garantiza equidad.
El equilibrio entre estabilidad, inclusión y desarrollo es, en última instancia, un problema político. Implica decisiones sobre a quién se financia, en qué condiciones y con qué propósito. Implica también reconocer que el mercado, sin orientación, no corrige desigualdades estructurales.
México no necesita elegir entre estabilidad y justicia. Necesita construir un modelo donde ambas se refuercen mutuamente.
La intervención presidencial marca una ruta. Pero su viabilidad dependerá de algo más profundo: la voluntad real de transformar la lógica del sistema financiero.
Porque al final, la pregunta de fondo sigue siendo la misma: ¿para quién funciona la banca en México?
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