Altas pensiones: justicia social y responsabilidad fiscal
La reciente reforma constitucional impulsada por la presidenta Claudia Sheinbaum representa uno de los movimientos más significativos en materia de equidad intergeneracional y sostenibilidad del Estado social mexicano. No se trata únicamente de un ajuste técnico ni de una señal política coyuntural: estamos ante una redefinición del pacto entre el servicio público, la justicia social y la responsabilidad fiscal.
Durante décadas, el debate sobre las altas pensiones ha estado atrapado entre dos extremos: la defensa acrítica de privilegios heredados y la indignación social frente a esquemas percibidos como inequitativos. La reforma rompe esa dicotomía al introducir criterios constitucionales que buscan armonizar derechos adquiridos, racionalidad presupuestaria y principios de igualdad.
Una reforma con sentido ético
El primer mérito de la reforma es su fundamento ético. En una nación marcada por profundas desigualdades, mantener pensiones excepcionalmente elevadas financiadas con recursos públicos sin límites claros generaba una tensión moral evidente. La Constitución, como norma suprema, debía reflejar un principio básico: el sistema previsional no puede convertirse en un mecanismo de reproducción de asimetrías.
No se trata de castigar trayectorias laborales legítimas ni de desconocer aportaciones al Estado. Se trata de reconocer que el interés colectivo exige parámetros de proporcionalidad y razonabilidad. La reforma introduce precisamente esa lógica: el derecho a la seguridad social se preserva, pero dentro de márgenes compatibles con la equidad.
Sostenibilidad financiera: una necesidad impostergable
Más allá del plano ético, la reforma responde a una realidad fiscal ineludible. El crecimiento del gasto en pensiones ha sido uno de los principales factores de presión estructural sobre las finanzas públicas. Sin mecanismos de contención, el riesgo era evidente: comprometer la inversión en salud, educación, infraestructura o programas sociales destinados a la mayoría.
La decisión de constitucionalizar criterios de regulación envía un mensaje de certidumbre financiera. Lejos de debilitar el Estado social, lo fortalece. Garantizar que el sistema previsional sea sostenible en el largo plazo es, en esencia, proteger a las generaciones futuras.
Seguridad jurídica y transición ordenada
Un aspecto central de la reforma es su cuidado en materia de seguridad jurídica. Los cambios constitucionales, para ser legítimos y eficaces, deben evitar rupturas abruptas. La previsión de regímenes transitorios y el respeto a principios de no retroactividad permiten que la transformación se realice sin vulnerar el Estado de derecho.
Esto es crucial: una reforma socialmente justa pierde legitimidad si genera incertidumbre masiva. La propuesta presidencial equilibra el objetivo redistributivo con la estabilidad normativa.
La reforma también invita a una reflexión más profunda: ¿qué entendemos por privilegio en el servicio público? En una democracia constitucional moderna, el ejercicio de funciones estatales no debería estar asociado a beneficios desproporcionados. El honor del servicio público reside en su vocación social, no en la acumulación de ventajas extraordinarias.
Reordenar el sistema de altas pensiones implica redefinir simbólicamente la relación entre ciudadanía y aparato estatal. Es un paso hacia instituciones más creíbles y cercanas a la realidad de la mayoríaQuizá el mayor valor de esta reforma es su carácter estructural. No es una medida aislada ni una respuesta reactiva a la opinión pública. Forma parte de una visión más amplia de transformación institucional que busca alinear el marco constitucional con principios de austeridad republicana, justicia distributiva y sostenibilidad económica.
Conclusión
La reforma constitucional sobre altas pensiones no debe leerse como una confrontación entre sectores, sino como una actualización necesaria del contrato social. Defender la justicia social hoy exige también defender la viabilidad financiera del mañana.
En tiempos donde muchas democracias evaden decisiones difíciles, México opta por encarar una de las discusiones más complejas del Estado contemporáneo. Ese, en sí mismo, es un acto de responsabilidad histórica.
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