Se funden euforia latina y gloria de Seahawks en la final del Super Bowl
SANTA CLARA, California, EU., 9 de febrero de 2026.- Los Seahawks emprendieron el vuelo definitivo la tarde de este domingo en el Levi's Stadium. Aprovecharon una atmósfera de viento constante que, para ellos, fue corriente a favor; se movieron sobre el emparrillado con la libertad que a muchos se les niega fuera de esos muros de concreto.
Lo que parecía un trámite deportivo, terminó siéndolo: una ejecución precisa en el campo de batalla. El encuentro fue un espejo de dos realidades divergentes.
Adentro, el estadio se erigió como un santuario temporal, una burbuja de euforia latina donde Bad Bunny no solo cantó, sino que rugió como un general cultural, plantando su bandera de reguetón en territorio conquistado.
“Oh my god!”, fue la reacción inicial de algunos al escuchar los ritmos del puertorriqueño, donde en un momento parecían no conectar, pero el artista logró con cada decibel mover los pies de los presentes.
Sin embargo, el contexto político no fue ajeno al evento.
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, arremetió contra el show de medio tiempo. Según señaló el magnate: "un espectáculo de medio tiempo del Super Bowl absolutamente terrible" y "uno de los peores" de la historia, argumentando que "nadie entiende ni una palabra de lo que dice este tipo".
Mientras los pases volaban libres bajo los reflectores, afuera la realidad mordía. En las afueras acechaba el ICE como una jauría silenciosa, esperando que se apagara la fiesta.
Fue un contraste brutal: adentro se rompían récords, y afuera se buscaba romper sueños.
En un contexto político de división, el estadio se convirtió en el ojo del huracán: el único punto de calma y triunfo para un sector latino dividido ante el gobierno estadounidense, pero unido por el ritmo y el deporte.
En lo deportivo, Drake Maye vivió su propio calvario. Cada avance del mariscal de campo se convirtió en un infierno para sus huesos, sufriendo el dolor una y otra vez ante una defensa implacable. Minutos después, los acordes de Sweet Caroline se apoderaban del ambiente, pero no para los locales, sino para celebrar el triunfo de los de Seattle, quienes lograron culminar una derrota anunciada para el rival.
Fueron unos halcones que no se limitaron a ser marinos; fueron bestias terrestres que aplastaron a propios y extraños en una victoria mítica, tanto para la ciudad de Seattle como para la comunidad latina que encontró, por cuatro horas, un refugio de la tormenta externa.


