Lecciones de un secuestro
Para quienes promueven una intervención militar de Estados Unidos (EU) en México, conviene revisar con atención las lecciones que dejó el secuestro militar del presidente venezolano Nicolás Maduro. En primer lugar, si los impulsores de la intervención pensaban que Donald Trump les cedería el control del país a cambio de entregar el petróleo y las riquezas naturales a los intereses norteamericanos, fracasaron. No lograron materializar la toma del poder con ayuda de una fuerza extranjera.
Lo más decepcionante para la derecha venezolana fue comprobar que el régimen quedó intacto. No ocurrió el cambio estructural que esperaban. El 3 de enero de 2026 fue el día de su esperanza y de su desengaño, no el del derrumbe del chavismo. El poder ejecutivo en Venezuela siguió operativo: el Tribunal Supremo de Justicia nombró a la vicepresidenta como titular del Ejecutivo, lo que garantizó la continuidad institucional y evitó el desmantelamiento de las estructuras del Estado —militares, burocráticas, partidarias, de movilización social e identidad ideológica—. La derecha olvidó, además, que tampoco controla el Poder Judicial, una situación comparable a la que vive actualmente en México.
No hubo ocupación militar. El costo para EU habría sido alto. El riesgo de un nuevo Vietnam implicaba un conflicto del que difícilmente podrían salir victoriosos. En un enfrentamiento cuerpo a cuerpo, las bombas nucleares resultan inútiles. Miles de jóvenes latinoamericanos habrían estado dispuestos a combatir a una fuerza invasora, particularmente a una tan históricamente rechazada como la norteamericana. Para quienes hoy alientan el intervencionismo estadounidense en México, conviene tener claro que la Cuarta Transformación cuenta con mayoría en el Poder Legislativo, lo que anula cualquier posibilidad de asumir el poder que la voluntad ciudadana les ha negado desde 2018.
El nombramiento de una presidenta interina conforme a la constitución venezolana evitó el vacío de poder que algunos esperaban, manteniendo la legalidad formal y la legitimidad política. El nacionalismo venezolano se expresó con fuerza y opacó las manifestaciones de júbilo por el secuestro de Maduro. El impacto del intervencionismo se diluyó. En el plano internacional tampoco hubo buenas noticias para la derecha: una mayoría de países condenó la acción militar de Estados Unidos, entre ellos China y Rusia, actores globales y aliados estratégicos de Caracas.
Prevalece hoy un nuevo orden mundial en el que ningún actor puede imponer unilateralmente su voluntad sin negociar con otros centros de poder. Que EU ignore las normas internacionales no significa que los demás renuncien a hacerlas valer. La geoeconomía también limita las ambiciones energéticas norteamericanas en un escenario de competencia creciente. La fuerza militar sigue influyendo, pero su primer campo de acción ya no es la guerra abierta, sino la negociación estratégica para la defensa de los intereses de las grandes potencias.
Para los promotores de lo que algunos llaman “Corina golpes de Estado”, resultó devastador constatar que el verdadero objetivo de Trump es controlar la industria petrolera venezolana, mediante planes de inversión multimillonarios que apuntan a un neocolonialismo energético, una lógica propia del siglo pasado. Para ello, no necesitó de sus servicios. En respuesta, el intervencionismo militar aceleró la búsqueda de alternativas y alianzas entre países productores y consumidores, como China y Rusia. México también se inserta en esta dinámica energética. La acción unilateral basada en el uso de la fuerza reconfiguró alianzas y profundizó la polarización regional.
Ya no son los tiempos de Panamá, Granada o Irak. Los presidentes de Argentina, Ecuador y el mandatario electo de Chile solo han hecho el ridículo. Los fanáticos del intervencionismo militar a la Venezuela deben entenderlo con claridad: México vive hoy una nueva realidad geopolítica.


