Groenlandia y la Española, paralelismos simbólicos
En el Atlántico, las historias sobre dos islas singularmente distintas —La Española y Groenlandia— cuentan paradójicamente un mismo relato de desatención. Aunque sus historias las separan siglos y cientos de millas náuticas, ambas han sido escenario donde los grandes intereses económicos y geopolíticos han pasado por alto las voces de quienes las habitan. Ahora, el inesperado hilo conductor sobre las dinámicas perennes del poder y el abuso, nos obliga a reflexionar sobre el valor de la escucha y la dignidad humana en un mundo de poder asimétrico.
La Española es una isla en las Antillas Mayores que actualmente cobija a la República Dominicana y a Haití. Fue la primera tierra reconocida por Cristóbal Colón en 1492 y su territorio fue colonizado por la corona española bajo los monarcas Fernando e Isabel, los reyes católicos.
Desde los primeros años de administración española se generaron inquietudes respecto a la forma en cómo se debían gravar los recursos de la tierra y cómo usufructuar el trabajo de los indígenas. Los colonizadores requerían trabajadores para el campo, la construcción y los servicios; pero también para explotar las minas; y, por supuesto, los monarcas exigieron desde el minuto cero las tributaciones de este trabajo. Para que no sólo los colonizadores sino también los indígenas pagaran impuestos a la corona, los reyes decretaron: “Nuestra merced e voluntad es, que los indios Nos paguen nuestros tributos e derechos que Nos han de pagar como Nos los pagan nuestros súbditos vecinos de nuestros reinos e señoríos”.
Los pueblos indígenas comenzaron a ser regidos por un administrador y un capellán; el primero, en nombre del rey, tenía que mantener el orden entre españoles y vigilar que los indios sirvieran tanto a los colonos como a la corona; y el religioso debía enseñar la doctrina a los naturales y a pagar el diezmo a la Iglesia y al rey. El sistema, aunque muchas veces abusivo, permitía de cierta forma la “libertad de elección” de los indígenas; y, como era de esperarse, los naturales “huían de la comunicación de los cristianos, no querían trabajar ni con paga y tampoco querían recibir la doctrina”.
Por ello, la reina Isabel decretó que se los tratara como ‘hombres libres’ pero que en la isla se ejerciera el poder desde la compulsión estatal para el trabajo y la cristianización indígena, en sustitución del régimen contractual del libre salariado (y la esclavitud); así el trabajo y la evangelización quedaron bajo la vigilancia oficial, y la retribución del jornalero era tasada por el Estado y no por el “acuerdo” entre patronos y trabajadores. El sistema derivó en el “repartimiento de indios” y las “encomiendas”; situación que legalizó prácticas abusivas que el propio fray Bartolomé de las Casas denunció como parte de un “gobierno tiránico”.
Groenlandia en este siglo XXI, es una isla que conecta el Atlántico del Norte con el Ártico y es un territorio danés autónomo. Su historia proviene del siglo XVIII cuando fue colonizada por el reino de Dinamarca; luego de años de complejos sucesos geopolíticos hoy en día cuenta con un gobierno relativamente autónomo, una bandera y un idioma oficial pero depende de Copenhague en varios asuntos, especialmente en la defensa, la política exterior y la explotación de sus recursos. En la isla, algunas comunidades han manifestado su deseo de independizarse plenamente de la corona danesa y de la mancomunidad; sin embargo, la cooperación dentro del reino también les garantiza participación en el horizonte de la seguridad militar en la región occidental. En los últimos meses, el presidente norteamericano Donald J. Trump ha manifestado su deseo de controlar el territorio (a pesar de que los EU ya cuentan con despliegue táctico y militar en la isla). El intento de dominio trumpista de esta isla que, al igual que La Española cinco siglos atrás, se convierte en un atractivo paso comercial y de explotación de recursos naturales, renueva las problemáticas colonizadoras centenarias.
Ambos casos, tan distantes y semejantes, guardan en el fondo el mismo problema de dominio: Cuando la vida, la libertad y el destino de toda una isla se puede dirimir en los elegantes salones de los poderosos, a decenas de miles de kilómetros de distancia, y cuando la ‘alta política’ no tiene empacho de excluir a los pueblos locales en su opinión sobre su propia tierra, entonces estamos ante el mismo pecado de desatención, omisión y falta de reconocimiento de la dignidad humana de las minorías o de los sometidos.
Gracias al reportaje de C. Barone sobre cómo vive un grupo de groenlandeses católicos en la parroquia de Cristo Rey en Nuuk podemos escuchar a las voces de los auténticos habitantes de esa isla; claramente son una pequeña comunidad llena de diversidad (hay un buen número de migrantes de Filipinas) que ha echado raíz y que, por sus hijos y nietos nacidos en Groenlandia, apelan por la paz pero, sobre todo, exhortan a la comunidad internacional a no tratarlos como una mercancía intercambiable o una ‘realidad estratégica’, sino como personas, con plena dignidad y derechos.
El paralelismo de lo que sucede hoy en Davos con las cortes del siglo XVI es perturbador. Los groenlandeses, habitantes legítimos de su territorio, ven cómo su futuro se discute en foros lejanos con una lógica que prioriza el interés estratégico y económico sobre sus aspiraciones y su bienestar comunitario. Como la historia en las Antillas y en la América colonizadas nos recuerda: la falta de una escucha auténtica y humilde ha sido el germen de la injusticia, la explotación y las heridas históricas. La responsabilidad moral de los líderes mundiales no se puede limitar a los fríos acuerdos o pactos; no se trata de que un poder benevolente otorgue desde arriba los ‘destinos’ de poblaciones ajenas; sino de que los poderes en sus manos faciliten crear los cauces para que las voces de la gente, de las periferias de sus encumbrados salones, sean no solo oídas, sino decisivas.
*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe


