Abanico
¿Para qué sirve la compasión?
En sociedades altamente banales y transaccionales, la compasión se relega. Es una faceta del amor “parda” y desdeñable en apariencia, pero también la que mayor bondad genera en el mundo.
No tiene la luz radiante del enamoramiento, ni la ternura suave del afecto cotidiano. Es el amor cuando se asoma al dolor ajeno y decide no huir. Aparece cuando se vuelve responsabilidad, presencia, acompañamiento…
No depende del mérito, de la reciprocidad o la belleza. Es lo que se activa ante la vulnerabilidad, es el centro de la empatía, lo que sirve para devolvernos al mundo y recordar que somos seres que se sostienen unos a otros.
Todos hemos sido frágiles y necesitamos ser sostenidos en ese momento. Hemos sentido miedo, vergüenza, pérdida, incertidumbre… Y la compasión es la única respuesta que no hiere.
Sin embargo, muchas veces confundimos compasión con lástima. Y son diametralmente opuestas: la lástima es vertical, paternalista, cómoda. La compasión, en cambio, es horizontal. No dice “pobre de ti”, sino “estoy contigo”. No infantiliza, reduce o roba.
La lástima observa desde lejos. La compasión se acerca sin invadir. La lástima humilla. La compasión dignifica. No implica salvar, sino sostener el espacio donde el otro puede volver a sí mismo.
Para sentir compasión auténtica, hay que reconocer que el dolor del otro podría ser el nuestro, que no estamos separados ni somos inmunes. Por eso la compasión es una forma de decir: tu humanidad me concierne.
En nuestro mundo, la compasión sirve para tres cosas esenciales: romper la lógica del “te doy si me das”, restituir la dignidad donde la banalidad la erosiona porque devuelve profundidad, reconoce la historia, dolor, belleza y complejidad del otro. Y, en tercer lugar, crea una comunidad donde antes sólo había coexistencia. La compasión nos otorga pertenencia.
Pero la compasión no se activa sola. Necesita ser convocada, legitimada, nombrada.
En un mundo que premia la eficiencia, la compasión parece una pérdida de tiempo… hasta que alguien la nombra como lo que realmente es: una forma de cuidado radical.
Cuando se vuelve práctica cotidiana, permite humanizar los espacios laborales, desactiva la indiferencia, permite conversaciones más honestas, reduce la soledad, repara vínculos sin dramatismo, eleva el estándar ético de cualquier comunidad y nos vuelve más valientes.
La compasión es la fuerza estructural de una sociedad que quiere seguir siendo humana. Emerge cuando dejamos de ver la fragilidad como algo vergonzoso. Permitir que surja implica decir internamente: “La fragilidad no me resta, me conecta.”
Es suspender el juicio por un instante, porque el juicio protege, clasifica y separa, mientras la compasión une, escucha y acompaña.
Ahora, la compasión no exige soluciones, sino presencia. Asumir que “no tengo que resolverlo, solo tengo que estar disponible” es el primer paso para que la compasión exista. Aparece cuando miramos al otro con su historia completa, su fuerza y dignidad.
No es un gesto extraordinario, sino una forma de estar en el mundo. No exige grandeza, solo disponibilidad. No pide sacrificios, sino presencia. Y cuando la elegimos, algo en nosotros y en los otros se reordena.
Porque la compasión no transforma el mundo de golpe, pero transforma el instante. Y es en ese momento donde decidimos el tipo de humanidad que queremos ser.


