Abanico
Codependencia o el espejo oscuro del individualismo
La codependencia no es solo un fenómeno psicológico individual, sino también un reflejo de estructuras sociales que vacían el sentido los vínculos.
En sociedades consumistas, donde el valor se mide por la apariencia y el “tener” sustituye al “ser”, la codependencia se convierte en una especie de sustituto de los rituales perdidos: una búsqueda desesperada de pertenencia en un mundo que erosiona los símbolos de comunidad y trascendencia.
Así se cosifican vínculos como el amor, la inteligencia y el compromiso… se convierten en mercancías medidas por utilidad o estatus.
Aparece al unísono el hedonismo ficticio, donde se promueve un placer inmediato que no construye comunidad, sino dependencia emocional y económica.
En este proceso se acentúa la ausencia de rituales. Los antiguos espacios de cohesión como religión, comunidad o familia extensa se diluyen, dejan vacíos que la codependencia intenta llenar.
La codependencia se acentúa en quienes carecen de redes sólidas de apoyo como adultos mayores marginados por un sistema que idolatra la juventud y la productividad, mujeres en contextos patriarcales donde el rol de cuidadora se convierte en una trampa de dependencia emocional y económica, en jóvenes hiperconectados o atrapados en dinámicas digitales que confunden validación con afecto.
Asimismo, la inseguridad económica fomenta relaciones de necesidad más que de elección.
Así, la codependencia es el espejo oscuro del individualismo: surge en el aislamiento de rituales y comunidad, busca en otro la confirmación de su existencia. Es un intento de reconstruir lo perdido, pero desde la carencia y no desde la plenitud.
Sin embargo, los rituales, desde lo religioso hasta lo cotidiano, funcionaban como antídotos contra la codependencia.
Los rituales, estructuras que dan sentido, marcan transiciones y ofrecen comunidad, al desaparecer dejan al individuo en un vacío que muchas veces se llena con vínculos dependientes.
Necesitamos rituales comunitarios, como fiestas, celebraciones religiosas, asambleas. Son espacios donde la identidad se comparte y refuerza. Rituales familiares con comidas, reuniones y tradiciones domésticas que funcionan como anclas afectivas y reducen la necesidad de buscar validación externa.
Incluso deben implementarse rituales personales o prácticas cotidianas de reflexión, oración, escritura, incluso deportivas. Son formas de sostener la autonomía interior.
Ante la ausencia de rituales, la codependencia se convierte en peligroso sustituto: una repetición de dinámicas de apego que buscan llenar el vacío simbólico.
En sociedades hiperconsumistas busquemos espacios colectivos de creación, encuentros virtuales con propósito y prácticas de autocuidado que se convierten en actos simbólicos de autonomía.
Es momento de resignificar objetos cotidianos como recordatorios de autonomía, crear relatos compartidos que sustituyan la lógica consumista por valores de cuidado y equidad. Espacios donde la escucha activa sustituya la validación superficial, proyectos colectivos de arte, huertos urbanos, talleres de memoria histórica que devuelvan sentido de pertenencia y festividades que no giren en torno al consumo, sino a la creación y la solidaridad.
Rescribamos en cada acto, por nimio que sea, nuestra historia.
